miércoles, 22 de diciembre de 2021

LA INVASIÓN DE LOS ESPEJOS

 

 Joaquín Ortiz Ortiz

LA INVASIÓN DE LOS ESPEJOS

 Durante años y pocos días antes de que se acabara el Adviento, los voluntarios que cuidaban a Cristino Aguilar en la Casa de la Misericordia recibían el mismo mensaje de WhatsApp.  Les recordaban que no lo dejaran arrimarse a los martillos ni a los espejos porque, por estas fechas, Cristino solo pensaba en reventar cristales y en escribir por todas las paredes que el barniz no mata la carcoma.

Pero este año, después del solsticio, recibieron también el enlace de una noticia de periódico en donde se explicaban las razones de esa manía. Allí se contaba que desde que Julia Pachón y Cristino Aguilar se quedaron más solos que los almendros linderos, adquirieron la costumbre de encaramarse a la torre del campanario para ver la vereda que llevaba hasta el apeadero del tren. La noticia relataba que se subían allí con la esperanza de ver si aquel surco entre jaramagos, sin  yerba por el pisoteo continuo y por la sal de las lágrimas de los que se fueron, les devolvía algo de lo mucho que se había llevado.

El periódico decía que Cristino y Julia se tropezaron con la añoranza, con la vejez y con la soledad al mismo tiempo, y que su sosiego de ancianos empezó a rebotar contra un muro invisible lo mismo que los moscones se porracean contra los cristales. La paciencia y el paladar se les escocieron cuando vieron que los conejos los estaban dejando sin suelo, que las zarzas se gateaban por la pantalla del cine y que las raíces de las higueras bravías escarbaban en el cementerio hasta acabar sacando a relucir las vergüenzas y los huesos de los muertos antiguos.

Con movimientos lentos y disimulados, como jugando al pollito inglés, el campo se fue comiendo aquel pueblino a mordiscos de espinos y de grama.  Las cañas fueron ganando tanto terreno que acabaron dándole la vuelta a los pilones de los pilares,  los hinojos se metieron   en la escuela para borrar para siempre las pizarras,  y  Cristino Aguilar y   Julia Pachón,  mientras el mundo se les pudría delante de los ojos, se hicieron tan viejos que ya no sabían irse  y tan flojos que no podían presentar batalla.

Qué lejos estaban aquellos tiempos en los que la pasión les arañaba tanto los riñones que se tomaban una sopa de luciérnagas para encontrarse los labios brillantes en medio de la noche. Que lejos estaban aquellos amaneceres de lluvia en los que se bebían el café amargo en un cascarón de galápago para que esos momentos   dulces fueran más despacio, qué lejos.  Aunque por la criba de la memoria se les perdió   ese tiempo en el que se les inflaban las venas con una carga explosiva de besos con engrudo caliente, y solo les quedó un sucedáneo hecho de picotazos fríos de pato, supieron que tenían sus destinos amarrados con las mismas cuerdas. Se dieron cuenta de que sus ritmos estaban imantados y que   tendrían que estar juntos para siempre desde el mismo instante que escucharon el estrépito de la campana mayor cayendo sobre el oratorio del sagrario.

 La tarde que se le acabó de pudrir la melena a la campana mayor, se vino abajo   atravesando las bóvedas de crucería de la iglesia y destrozando lo poco sagrado que quedaba; esa tarde, según las cuentas del periódico, hacía ya quince meses que estaban solos. A Julia Pachón y a Cristino Aguilar  no les preocupaba  enterrarse a pelo, sin ritos y sin ayuda sagrada, pero cuando se subieron al campanario y vieron que  la vereda por donde debían volver los que se fueron, estaba tan vacía como siempre, se les  cuartearon las venas  cuando cayeron en la cuenta de que en aquel desierto de jaramagos y yerbajos en donde ellos eran  los policías y  los ladrones, los médicos y los enfermos,  uno de los dos se iba a quedar sin sepultar porq
ue también eran los enterradores.

Para entonces hacía casi diez años   de la última vez que fue a verles una misión humanitaria de la Cruz Roja.  Julia Pachón se acordaba de que le recetaron tres dosis suaves de desdén y  de que le dijeron que amara solo lo justo y necesario porque tenía tan repartido el corazón por el mundo que en el pecho solo le quedaban retales del suyo.  Cristino Aguilar se había olvidado de que le miraron por dentro desde   la puerta de sus ojos castaños, se olvidó de que le diagnosticaron que le deambulaba por los recovecos de la cabeza un coco mudo que acabaría comiéndose el significado de las cosas, el nombre de sus hijos y el orden de lo vivido. Por eso, solo por eso,  Julia le dijo a Cristino que ella quería morirse primero. Lo convenció diciéndole que como él sabía hacer cemento y a ella le daban miedo las lagartijas y las culebras, ella tenía que morirse antes para que la pudiera enterrar en la tinaja y taparla con cal y cantos del sur para que no le picaran los alacranes.


Colocaron en la plaza dos tinajas de cuerpo entero para que hicieran de ataúd llegado el momento. Y    en cuanto el hueco que dejaron sus hijos se les empezó a llenar de malos pensamientos, empezaron a sentir un desapego frío por la vida. Para entonces ya habían ahogado a los guarros en la alberca grande, habían asustado a los perros quemándoles el rabo con pólvora negra, habían espantado a los pájaros con bombas de carburo y cuando ya no había testigos, escribieron dos fechas con dos nombres y dos cruces en las tinajas. Cristino Aguilar esperó a una mañana de aire húmedo de poniente para subir la artesa matancera encima del trillo, recogió todo el salitre de las paredes viejas y embadurnó el aire de agua con sal. Le tapó los ojos a Julia, la subió a la artesa como si fuera una barca de pescar espinos y ortigas y le dijo que así de húmedo y de salado era el mar que vio en la mili. Y mientras   tiraba del trillo sorteando retamas y jaramagos y dando vueltas por en medio de las calles vacías, ella se bebió una infusión caliente de cicuta y estramonio en un vaso grande   de valeriana para que no le doliera la muerte.

Y en cuanto enterró a su mujer en la tinaja de la plaza, y se quedó a solas con el coco que le rondaba por dentro, empezó a perder la costumbre de subir a la torre del campanario y se olvidó de que tenía su fecha de caducidad escrita en la tinaja vacía. Y sin darse cuenta fue distanciando sus visitas porque la mayoría de su tiempo y de sus fuerzas las invertía en colocar carteles que explicaran para qué servían las cosas.  Como las palabras se le perdieron dentro de la boca y las ideas se le deshilachaban como estropajos de algodón, empezó a escribir por todo sitio que las escaleras servían para subir, que en la sombra hacía menos calor, que la sed se curaba con agua y que las veredas tenían que estar limpias para que las encuentren los que quieran volver.

En los pueblos y en los pechos abandonados a su suerte, cuando se acercaba el solsticio y las tardes se acababan justo después del último sorbo del café, a Cristino Aguilar se le espesaba tanto las sangre que se olvidaba de que tenía que morirse pronto y sin ruidos para que el olvido lo borrara sin esfuerzo. Una de esas tardes, con el recuerdo de sus hijos clavado en el paladar como una alcayata oxidada, los aires que venían del tren empujaron   para fuera el rechinido de los cimientos de las casas viejas. Fue entonces cuando escuchó un estrépito mecánico propio de factorías y de altos hornos.  En principio creyó que era otro de los muchos descarrilamientos del tren a su paso por esta zona, pero cuando se gateó al campanario y miró por el hueco que había dejado la campana mayor, descubrió que no venía nadie, solo que el campo había sido invadido por un ejército de espejos.

Desde la torre,  Cristino vio como una legión de maquinaria pesada   había borrado el campo, lo había disfrazado de moderno, lo había alisado, lo había pulido y no había dejado jaramagos en las cunetas, ni almendros linderos, ni olivos y, ni mucho menos, la vereda de los que tenían que volver.  De la noche a la mañana, al campo le habían robado su forma, su sentido y su sol, lo habían vestido con un traje típico de capital y habían puesto   en sus puertas a un ejército de espejos adictos a la luz   que impedirían que los que se tenían que ocupar de levantar la campana, de restaurar el salón de baile y de llenar la escuela de niños y el campo de árboles,  encontraran la vereda de regreso.

 Se pasó allí toda la noche, y al amanecer vio cómo un tropel de cristales, con los ojos abiertos como lechuzas embalsamadas, había ocupado todas las tierras que rodeaban el pueblo, y sin perder la formación ni la compostura, acatando órdenes superiores, perseguían al sol por donde iba.  Cristino se acordó de cuando los de la Cruz Roja le contaron que en el tiempo de las brujas y de los castillos, la tierra de los malos se sembraba de sal para que solo diera pena.  Y ahora, siglos después, un ejército de espejos que solo servía para que el campo se mirara en ellos y viera lo solo que se estaba quedando, había infectado la tierra con cristales y se estaba llevando a otra parte el sol que le correspondía a este suelo. Los periodistas que lo encontraron pudieron leer por las paredes encaladas que, ahora, con el campo inservible, irreconocible y contaminado con cristales, nadie encontraría el camino de vuelta. Los hijos de los que se fueron, los hijos de los Cristinos y de las Julias no podrán volver nunca a una tierra que se está quedando sin campo y sin futuro a mordiscos de cristales.

La noticia contaba que cuando entraron los periodistas, pudieron leer en la tinaja vacía que, primero,  al campo le habían robado sus hombres, luego, le habían quitado la importancia y, ahora, le estaban robando el ser. El periódico contaba que Cristino había escrito en la campana mayor   que a mi tierra le habían colocado   una vaca gorda de espejos   que se comía el sol, se cagaba en casa,  pero que la leche se la estaban llevando al mismo sitio a donde antes se habían llevado a sus hijos y a sus amigos.

Quizás por esto, según el periódico, durante la noche de Reyes, cuando el ejército de espejos  dormía y cuando el mundo estaba a otras cosas, con una marra  oxidada, Cristino  reventó los paneles solares que estaban encima de la vereda, dijo que lo hizo  para que la luz del año nuevo se chocara contra el suelo y los jaramagos volvieran a marcar sus lindes,  dijo que lo hizo para que se supiera que el campo no necesitaba mancharse con espejismos  y quimeras para que otros limpien lo que antes  han tiznado.

Los tres periodistas que atravesamos la planta solar con el ánimo de cubrir solo una noticia de vandalismo, entramos en el pueblo siguiendo el rastro de los paneles rotos y fue entonces cuando vimos la campana empotrada, el cementerio reventado, las tinajas de cuerpo entero y el trillo con la artesa. Y en silencio fuimos recorriendo las calles vacías, apartando jaramagos y leyendo cientos de carteles con los que fuimos armando esta historia. Y cuando salimos por entre las zarzas de la pantalla del cine, lo vimos. Lo encontramos en una de las pocas butacas morroñosas que quedaban, al raso, con una capa de escarcha como si fuera una maceta,  solo, gastado y con los ojos clavados en el pasado como quien espera el pase de una función doble que le devolviera la vida.  Cuando nos vio salir de la pantalla, nos confundió con los Magos y se señaló un cartel de tablones ásperos que le colgaba del cuello, allí pedía que le dijéramos a sus hijos que los que no quisieron hacernos una transfusión de agua, querían ahora un trasvase de luz. Pedía que le dijéramos que afinaran el paladar para que a los del campo no se la den con queso otra vez, y pedía que le contáramos   esta historia para que se tatúen con tinta de luciérnaga que el barniz no mata la carcoma, solo la disimula.

Y eso hicimos, cuando se acercaba el solsticio la contamos y como no encontramos a sus hijos, se la enviamos a los voluntarios de la Casa de la Misericordia, la hicimos cuento de invierno y la publicamos con la esperanza de que la magia de Oriente sepa hacer algo con esos que se pasan la vida chupando cebollas y se tienen que contentar con que se les acartone el paladar para que   el café negro les sepa menos amargoso.

 

 

 

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